Roaming: La evidencia de un “No Mercado Europeo”

Roaming: La evidencia de un “No Mercado Europeo”
Nueva Orleans-San Diego vs. San Diego-Tijuana

(Artículo publicado previamente en Tecnonews, el 15 de noviembre de 2016)

El roaming o itinerancia fue un gran invento tecnológico de los años 90 que vino de la mano del estándar de movilidad GSM (“Global System for Mobile communications”). La innovación respondió a la visión de la industria y los entonces monopolios nacionales de las telecomunicaciones de desarrollar un estándar europeo que, a la postre, ha colaborado más en la construcción de un mercado único para Europa que la mayoría de las instituciones creadas al efecto, incluidas las reglas y normativas que éstas han impulsado.

Aclaremos, para los más legos, que hablamos de roaming cuando utilizamos la red de un operador móvil distinto a aquel con quien hemos contratado el servicio, lo cual normalmente se produce en viajes internacionales (roaming internacional), aunque no necesariamente (roaming nacional).

Puede resultar sorprendente que podamos no necesitar el roaming al desplazamos de Badajoz a Barcelona, o cuando los estadounidenses se desplazan de Nueva Orleans a San Diego, pero que inevitablemente lo tengamos que utilizar para acercarnos a Évora o cuando un californiano se desplace hasta Tijuana, por contradictorio que pueda parecer a la vista de la distancia recorrida en cada caso.

Llama también la atención la similitud en cuanto al no uso del roaming en los dos ejemplos del párrafo anterior (Badajoz-Barcelona  y Nueva Orleans-San Diego) a pesar de la disparidad en términos nuevamente de distancia entre ambos recorridos (menos de 1.000km entre las ciudades españolas y más 3.000km entre las estadounidenses), lo que no impide que tanto la ciudad de origen como la de destino puedan tener en los dos casos el mismo operador, la misma red y mismo servicio móvil.

Dicho sea de paso, posiblemente a ningún experto en marketing se le ocurriría juntar a Barcelona con Badajoz, ni a San Diego con Nueva Orleans en un mismo segmento de mercado en cualquier segmentación geográfica al uso, atendiendo a sus particulares perfiles tanto económicos como culturales, pero la visión de un político y/o un regulador del mercado no tiene por qué coincidir con la del director de marketing de una empresa privada, salvo que lo que se persiga sea consolidar o incluso aumentar las diferencias entre estas ciudades.

No se trata, por tanto, de un problema directamente técnico, ni económico, ni cultural o sociológico, sino de un problema puramente político e institucional: en este caso, el elemento más significativo es la asignación del espectro en circunscripciones nacionales, o incluso inferiores, que viene determinando el ámbito de prestación del servicio de cada una de las redes; a esta decisión de la política se le unen otras aparentemente más etéreas relacionadas con las leyes y la regulación,  y se termina configurando un entramado institucional que sí tiene importantes implicaciones técnicas, económicas y, a la postre, también sociológicas.

En este sentido, las asignaciones regionales de espectro radioeléctrico para ámbitos inferiores al mercado geográfico que se pretende construir juegan ineludiblemente en favor de su fragmentación, lo cual todavía es susceptible de empeorar si se da el caso de que no exista una tecnología única consolidada y se deje libertad a cada operador concesionario para elegir la que le convenga, como pudimos apreciar en los Estados Unidos con ocasión de la segunda generación de servicios móviles (2G). En principio, sólo si el espectro regionalizado es asignado a un operador que cuente ya con espectro de ámbito nacional, estatal o supranacional es posible integrarlo en una red y un servicio de ámbito superior (salvo que se impida mediante la imposición de nuevos condicionantes de carácter político o regulatorio).

Para no hacernos trampas en el solitario, hemos de reconocer también que los Operadores Móviles Virtuales (OMVs) ofrecen servicios móviles sin contar con espectro lo cual —simplificando, y al margen de la mayor o menor preocupación que las instituciones de turno tengan sobre el futuro de la inversión y la disponibilidad de infraestructuras— permitiría reducir la cuestión a la mera concesión del servicio con el ámbito geográfico adecuado, que podría ser el europeo en este caso.

Llegados a este punto, nos cabe llorar por las oportunidades perdidas para la construcción de un auténtico mercado único digital para Europa durante los años de fuerte expansión y amplia generación de flujos de caja  por parte de los operadores móviles, que hubiesen permitido acometer con éxito cualquier objetivo que se hubiera planteado seriamente desde las instituciones (mediante una política y una regulación de las telecomunicaciones de ámbito realmente europeo y no multi-doméstico); y también podemos constatar el largo camino que nos queda por recorrer en Europa mientras observamos con envidia cómo EEUU, tras los errores cometidos con la tecnología 2G, ha corregido el tiro y se ha convertido en el ejemplo a seguir.

Nadie en EEUU parece especialmente preocupado por lo que para ellos es roaming doméstico, que es el que permite a sus operadores ofrecer el servicio móvil en un territorio de 9 millones de km2 más allá del alcance de sus inversiones en red. Es más, los únicos preocupados por el roaming doméstico son precisamente los operadores móviles, que a lo largo del tiempo se han esforzado en reducirlo (no sus precios, sino su ámbito de aplicación) mediante la ampliación de su propia cobertura.

Lamentablemente, nos surgen dudas de que Europa haya aprendido la lección a la vista de la obsesión de sus instituciones políticas (un Parlamento Europeo sin visión de largo plazo y unos Gobiernos nacionales obsesionados por levantar muros cada vez más altos incluso en las fronteras interiores de Europa) y regulatorias (una Comisión Europea a la búsqueda desesperada de resultados cortoplacistas y unos reguladores nacionales en defensa de su rol existencial) por reducir o anular los precios del roaming en el continente, que no son sino el resultado de la estructura fragmentada del mercado que ellos mismos han propiciado, en lugar de sentar las bases estructurales para construir un auténtico Mercado Único Europeo, a día de hoy inexistente.

Contemplar las disquisiciones europeas actuales sobre cómo regular la oferta de este mercado inexistente sólo nos genera una triste sonrisa, que podría derivar en carcajada si no fuera por la importancia del tema que nos estamos jugando.

Pobre roaming…, pobre servicio móvil…, pobre Europa…, nunca instrumentos tan potentes han sido utilizados de manera tan poco inteligente.

— ¿Podemos al menos tener un atisbo de esperanza de cara el futuro?

— Confiemos…

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