La movilidad social ya no es lo que era

La movilidad social ya no es lo que era
Salto con pértiga de Yelena Isinbayeva. Foto del Blog El Rincón del Deporte.

Durante unos años de nuestra historia hemos contado con el viento de cola y, con independencia de que nuestra posición relativa personal mejorase o empeorase, la sociedad en su conjunto y cada uno de nosotros hemos tenido la sensación de ir a mejor. La mayoría ha podido verse incluida dentro de la clase media y algunos hasta incluso superarla.

La ilusión ha durado hasta el momento en que quienes de verdad tienen la capacidad para mover los hilos de la historia han decidido que era oportuno pinchar la burbuja para minimizar sus pérdidas (lo refleja muy bien la película “Margin Call”, que se ha convertido en referencia obligada para entender la crisis). Los auténticos perdedores de este proceso son los integrantes de esa pretendida clase media (que han perdido irremediablemente el estatus que creían haber adquirido) y especialmente la gran masa de gente que ha pasado directamente a la marginalidad. Por si esto fuera poco, los “culpables oficiales” de todo ello no son otros sino “esos ilusos que un día se creyeron capaces de tocar el cielo y empezaron a vivir por encima de sus posibilidades”. “Sic transit gloria mundi”.

Llegados a este punto, ¿tenemos como sociedad las capacidades requeridas para superar esto? Y no me refiero a la crisis económica, y mucho menos a la financiera, sino a la crisis social provocada por este proceso de marginalización tras la exuberancia, proceso que hoy sabemos que nunca dependió del todo de nosotros, ni en su etapa expansiva ni en la depresiva.

Más allá de la evolución de las grandes cifras macroeconómicas, noticias como la que recoge El País del 23 de junio de 2016 con el título: “España es el país europeo donde más aumentó el número de ricos en 2015” son un claro reflejo de las consecuencias de esta crisis, que ha disparado los niveles de desigualdad en España. Es cierto que no llegamos a equipararnos a esas sociedades desestructuradas de buena parte de los países en desarrollo, pero durante estos años hemos dado pasos significativos en esa dirección.

El drama de la desigualdad nos lleva a poner nuestra mirada en el manoseado concepto de “la igualdad de oportunidades” como gran reto de nuestra sociedad. Su consecución parece que debiera tener alguna conexión con la educación, lo que nos permite abrir una nueva línea de reflexión en la que me temo que habría que empezar por solucionar el propio drama en el que está empantanado nuestro modelo educativo.

Las quejas sobre la educación se han convertido en un lugar común para justificar o al menos explicar buena parte de nuestros males, y no sólo por una preparación deficiente o inadecuada para las necesidades de la sociedad actual, que cuestiona por sí sola nuestra capacidad para renovar el anticuado modelo productivo español. Las críticas arrecian también en el ámbito sociológico, aunque aquí podemos detectar diferentes voces: hay quien considera que las nuevas generaciones se están educando en un contexto de “relativismo moral” que está permitiendo en nuestros jóvenes una conducta excesivamente relajada, lejana a la firme educación tradicional en la que se premiaba en particular “el valor del esfuerzo”.

Frente a este diagnóstico, existen otras interpretaciones de nuestra realidad que consideran el modelo educativo como deficiente —hasta aquí el acuerdo— pero que entienden que la educación ha pasado a ser un elemento insuficiente para la consecución de casi cualquier objetivo o ambición profesional, accesible sólo tras “cursar un máster, tener una experiencia educativa internacional o contar con buenas conexiones familiares”; elementos todos ellos que consagran una selectividad basada más en la profundidad del bolsillo y la posición social de la familia que en el aludido valor del esfuerzo.

Esto es lo que nos cuenta Íñigo Domínguez en el artículo publicado por El País el 20-06-2016 con el título: “El ascensor social se atasca”, en el que señala que la meritocracia posiblemente no haya sido nunca —y menos hoy— un elemento clave para la movilidad social, mientras que la posición social de la familia ha sido —y es— condición con frecuencia necesaria y casi siempre suficiente para conseguir el logro profesional. En este contexto, las deficiencias del modelo educativo las sufren ineludiblemente quienes menos posibilidades tienen de ser aupados socialmente por su entorno familiar, perpetuando la desigualdad social generación tras generación.

Sin pretender justificarlo es comprensible que este diagnóstico no sea reconocido por todos, pero es difícil de cuestionar que la crisis económica y social, junto con la falta de expectativas de futuro —con y sin esfuerzo— haya sido el caldo de cultivo para que las fuerzas políticas que han tenido hasta ahora la responsabilidad sobre la cosa pública, estén siendo cuestionadas y se estén viendo sobrepasadas por los nuevos movimientos sociales, para asombro de propios y extraños.

Si a esta realidad social le añadimos las torpezas y “pecados” del establishment gobernante, lo que pasa a ser asombroso es que todo esto no haya sucedido antes. De hecho, hasta bien entrada la larga crisis que todavía padecemos, España era objeto de estudio a nivel internacional  y todo el  mundo se preguntaba por qué con todos nuestros problemas no se estaba produciendo ninguna revolución en el país. La respuesta puede estar en que teníamos tan cerca el salto cuántico que había dado España durante los últimos 30 años que, a pesar de la que estaba cayendo, el balance global todavía nos resultaba positivo, por lo que todo jugaba a favor de seguir como hasta ahora, esperando a que amainase el temporal.

Pero la persistencia de la crisis social ha provocado que la crisis política solo fuese cuestión de tiempo: el tiempo suficiente como para que las nuevas generaciones —que no existían hace 30 años—  se hayan dado cuenta de que sus expectativas personales, profesionales y sociales se habían desvanecido.

Hasta aquí el diagnóstico, pero… ¿y cómo salimos de ésta?

Ya que no hemos tenido la suficiente inteligencia como para verlo venir y adelantarnos a los acontecimientos —¡Si Lampedusa levantara la cabeza!— la historia nos reta ahora a coger el toro por los cuernos y, dejando a un lado el corsé de nuestras ideologías, colaborar unos con otros para salir de la crisis: podemos empezar dramatizando sólo lo justo los previsibles inminentes resultados electorales y colocándonos al frente de la manifestación para acometer los cambios necesarios. Seguro que si conseguimos compartir un diagnóstico común sobre la situación va a sernos más fácil encontrar el camino.

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