Estructura empresarial, “Donut geográfico” y globalización

Estructura empresarial, “Donut geográfico” y globalización
Imagen obtenida de la web www.anticapitalistes.net.

 

El efecto Donut tiene un concreción muy clara en el contexto geográfico —no hay más que ver cómo están creciendo nuestras ciudades— y en el socioeconómico —atendiendo a la polarización social que está produciendo el vaciamiento de la clase media en los países desarrollados—, como pudimos leer en el artículo “El  efecto Donut” publicado en bez.es el 8/12/2016 y posteriormente  en el blog de Queland (www.queland.es) el 11/12/2016, con el título “El efecto Donut tensiona nuestra sostenibilidad”.

En dicho artículo veíamos cómo nuestro ecosistema tiende a generar crecientes interconexiones periféricas que no se reproducen de manera equivalente hacia su interior, donde —sin que nadie parezca especialmente preocupado por remediarlo— se están rompiendo los puentes que en el pasado nos habían permitido mantener un cierto equilibrio, hoy inexistente, provocando grandes zonas de vacío —el agujero del donut— cuya expansión podría llegar a cuestionar nuestra sostenibilidad, o al menos la de nuestro ecosistema.

Para comprender el proceso en el que está inmersa nuestra sociedad y  profundizar en cómo se están produciendo estos cambios, consideramos imprescindible poner nuestro foco en la evolución de la estructura de la empresa y en las innovaciones tecnológicas.

 

  • De la especialización funcional al “Donut geográfico”.

La estructura empresarial ha ido cambiando de manera significativa a lo largo de todo el siglo XX, de la mano sobre todo de las fuertes inversiones que requerían determinados negocios, de la dimensión de la empresa en términos de volumen de recursos necesarios y de la amplitud del mercado geográfico al que se  pretendía acceder. Tras una primera etapa guiada por la eficiencia productiva, en la que lo importante era la perfección organizativa de las líneas de producción, se desarrolló una creciente especialización en cada uno de los eslabones de la cadena de valor, que derivó en una distinta valoración de los mismos y, a la postre, en la fragmentación funcional de los procesos de negocio.

El origen de la separación funcional de la cadena de valor en distintos eslabones autónomos se puede situar en el creciente protagonismo de las áreas de marketing y financiera en detrimento de otras funciones empresariales que anteriormente habían sido consideradas más relevantes, como la fabricación o la venta. Este cambio en la percepción de dónde reside el valor en una empresa fue aprovechado por el mundo financiero, que propició la desestructuración de las grandes compañías con el axioma de que “el valor de la suma de las partes era mayor que el del todo”.

De esta manera, quedaron sentadas las bases para que la especialización funcional se transformase en separación estructural, primero, y societaria, después. La tendencia histórica de crear grupos concentrados verticalmente cedió el paso a la aparición de las grandes corporaciones horizontales que dominan nuestra época.

Resulta obvio reconocer que la gestión de la marca, el diseño de productos y la comercialización son las funciones a las que se les asigna un mayor valor añadido y las que están protagonizando este proceso de desestructuración empresarial, sin que por ello dejen de controlar —aunque sea indirectamente— el proceso productivo en su integridad, mediante la imposición de precios y exigencias de calidad hacia los distintos suministradores o colaboradores que les ayudan a completar la cadena de valor del negocio.

 

  • La globalización y sus implicaciones.

Una vez consolidado el potencial de la desestructuración empresarial, el gran avance de las comunicaciones tanto físicas como digitales que se produjo a finales del siglo XX propició que la externalización de determinadas funciones se realizase sin que la distancia y las fronteras nacionales supusiesen inconvenientes insalvables. El reparto geográfico de los múltiples roles que se desarrollan en los procesos de negocio de una  empresa surgía así como una oportunidad para aprovechar los aspectos diferenciales entre los distintos países (disponibilidad de recursos, costes, etc.) en aras a maximizar sus resultados. El fenómeno de la globalización era ya imparable.

Más allá de algunas excepciones —como es el caso de España con la industria complementaria del sector del automóvil, en la que ha aprovechado su posición geoestratégica de ser “cola de león” para poner en valor su mano de obra cualificada—, las funciones fabriles se han ido desplazando hacia los países menos desarrollados.

Esta especialización funcional a nivel mundial facilita que las empresas líderes ubiquen sus head quarters con carácter general en los principales países de occidente, que hoy por hoy cuentan con una mayor concentración de inteligencia y conocimiento, mientras que algunos países con una alta densidad de población han asumido el rol de ser la “fábrica del mundo”. Es el caso de los que se conocen  ya desde el último cuarto del pasado siglo XX como los cuatro “tigres asiáticos”: Corea del Sur, Singapur, Taiwán y Hong Kong.

En esta misma línea, cabe hacer una reflexión también sobre China, cuya dimensión y determinación política le ha permitido superar la etapa maoísta, durante la cual su economía había permanecido cerrada al mundo. Primero se convirtió en fábrica mundial —aprovechando su gran masa laboral al igual que los otros países ya citados del sudeste asiático— y después ha pasado a controlar por sí misma la práctica totalidad del ecosistema empresarial interno del país. Estos cambios no están exentos de problemas tanto políticos como sociales y medioambientales,  pero hasta ahora su fuerte crecimiento económico ha ayudado a que estas tensiones no estén provocando rupturas relevantes.  La clave ha estado en haber aprovechado este proceso para generar un potente mercado interior a partir de sus relativamente nuevos asalariados y, a la vez, para dotarse de las capacidades necesarias para  proyectar su economía hacia el resto del mundo.

Así, los procesos productivos y la mano de obra fabril y extractiva están desapareciendo del mundo occidental, mientras que los países asiáticos, hasta ahora menos desarrollados, son los que están tomando el relevo y desarrollando una clase obrera, e incluso una clase media, de las que hasta ahora carecían.

La separación funcional e incluso estructural y societaria de algunas de las áreas del proceso productivo, que los consultores estratégicos de las empresas recomendaban ya en los años 80 como instrumento para incrementar su valoración bursátil, ha impulsado el fenómeno de la deslocalización y la globalización, con implicaciones muy dispares según la tipología socioeconómica y, en definitiva, las capacidades acumuladas por cada país a lo largo de su historia.

Curiosamente, sus efectos podrían llegar a verse incluso como satisfactorios para todas las partes si nos auto-engañásemos con un simple análisis ceteris paribus de corto plazo y pusiésemos en valor exclusivamente sus aspectos positivos: una mayor concentración de valor en los países más desarrollados y un mayor desarrollo con el avance de la clase obrera, e incluso de la clase media, en los países más rezagados desde el punto de vista económico.

Este proceso ha ido evolucionando a lo largo de la segunda mitad del pasado siglo y, con carácter general, los países desarrollados han podido asimilarlo compensando los agujeros del donut causados por el derrumbe de la industria extractiva y fabril en determinadas áreas de su estructura territorial (una buena referencia a este respecto es el caso de Detroit, en EE.UU.) con la aparición de todo un mundo de servicios post-industriales y urbanos, apalancados en el desigual reparto del valor generado por el desarrollo de la economía a nivel mundial.

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Este fenómeno no es muy diferente al vivido anteriormente por esos mismos países ya desarrollados en su proceso de trasvase del campo a la ciudad. Los cambios en la estructura de los procesos productivos han venido a dar una vuelta de tuerca adicional: las principales ciudades post-industriales han aumentado aún más sus diferencias en términos socioeconómicos respecto a las áreas rurales y han abierto un hueco difícilmente reversible con respecto a las otrora pujantes ciudades industriales que no han sido capaces de evolucionar de acuerdo con los nuevos tiempos. En los países desarrollados, por tanto, el “donut geográfico” se ha hecho cada vez más grande, si bien es cierto que, hasta ahora y en grandes líneas, han sido capaces de asimilarlo sin grandes quiebras sociales gracias a los nuevos servicios complementarios, que terminan equilibrando sus cuentas al menos a nivel macro.

Por su parte, los países en vías de desarrollo que han absorbido la actividad industrial, han acelerado su proceso de urbanización —mucho más retrasado que en occidente— y han empezado a sufrir su particular “donut geográfico” por el progresivo abandono del mundo rural.

 

Nota:

Si quieres acceder al primer artículo en el que Queland presentaba el efecto Donut, entra aquí:

 

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