“El sueño de la razón produce monstruos”. La manipulación de la razón, también.

“El sueño de la razón produce monstruos”. La manipulación de la razón, también.

Si miramos hacia atrás en la historia, apreciamos el sinnúmero de barbaridades que se han hecho y se siguen haciendo en este mundo en nombre de las ideas. Durante mucho tiempo estas ideas tuvieron un carácter religioso (que todavía hoy algunos están empeñados en abanderar) aunque las más de las veces han escondido intereses espurios mucho más terrenales. Posteriormente, como consecuencia de la evolución económico- social, muy especialmente en determinados ámbitos geográficos, las ideas pasaron a estar regidas por la razón, que pasó a sustituir al impulso religioso como bandera para mover el mundo. Lamentablemente, las nuevas banderas también sirvieron para justificar enormes barbaridades.

Centrándonos en nuestro mundo occidental, pocos dudan en calificar la Edad Media como tremendamente violenta, pero a día de hoy no faltan debates en los que se cuestiona si el racional siglo XX ha sido o no aún mucho más violento y (algo en lo que ni siquiera se duda) ha traído desastres mayores que los provocados hace unos cuantos cientos de años.

Lo cierto es que hemos ido perfeccionando la batalla de las ideas evolucionando hacia una creciente abstracción, que en muchos casos nos ha permitido sustituir la dialéctica de las armas por la dialéctica de las palabras y avanzar de esta manera en el análisis de la realidad y el conocimiento científico. Sin embargo, el debate racional de las ideas tampoco está exento de ser manipulado por intereses espurios ocultos en la aludida abstracción, por lo que conviene mantenernos en alerta.

Continuamente surgen conceptos y banderas nuevas cuyo éxito está más en la capacidad de sus valedores para venderlos como auténticos productos de mercadotecnia que en la bondad de sus planteamientos para reflejar e interpretar una realidad siempre compleja.

En esta dinámica hacia la abstracción, el conocimiento se ha ido disgregando en distintas especialidades. Todas ellas pretenden interpretar la realidad a partir de sus particulares herramientas metodológicas, pero no siempre se muestran con la modestia suficiente como para reconocer sus propias limitaciones.

Así, muchas veces los economistas nos hemos gustado tanto a nosotros mismos que hemos levitado, hemos apalancado nuestras tesis con desarrollos matemáticos preciosistas y hemos creado un metalenguaje incomprensible para el resto de los mortales. No sólo eso, nuestros modelos matemáticos nos han ido alejando de la realidad y no hemos sido capaces de enterarnos.

Empiezo por decir que me considero tendente a lo racional, que soy un convencido de que el ceteris paribus es una metodología de análisis que nos ha ayudado a profundizar en el análisis de la realidad y que disfruto con los famosos cuadros de doble entrada de Harvard. Sin embargo, intento no forzar la realidad para explicarla con una sola variable y ni siquiera con la interrelación de dos simples parámetros.

Lo importante es tener claro las limitaciones de cada metodología y contar con la suficiente honestidad intelectual como para reconocer cuándo la realidad se nos muestra más compleja que lo que deducimos de nuestros análisis, sin caer en aquello de “no dejar que la realidad nos tire por tierra una bonita teoría”.

Existen teorías que nos acompañan desde la época de la Ilustración, como es el caso de la “Competencia Perfecta” que nos ha ayudado a entender algunas de las claves de la economía. Sin embargo, ha llegado el momento de reconocer que esta teoría parte de unos condicionantes tan alejados de la realidad que la invalidan como la referencia ideológica de la doctrina económica y regulatoria que, aún hoy, sigue siendo.

4 comments

    • Es verdad, Marcel, menos mal que “nos queda la palabra”. Pero esto no me quita de la cabeza la conveniencia de ser cuidadosos cuando utilizamos banderas, que siempre esconden más de lo que muestran, y/o aplicamos recetas simplificadoras de la realidad, que pueden llevarnos a cometer errores no siempre fácilmente reversibles.

      ¿La alternativa? Sólo se me ocurre la de ser críticos, tanto con nuestros actos como, sobre todo, con lo que otros nos quieran imponer.

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  • Permíteme un par de comentarios al texto que has publicado. Empezando por el final de tu entrada, imagino que cuando hablas de Competencia Perfecta relacionada con la Ilustración estás pensando en Adam Smith principalmente. Pero no estoy de acuerdo en que este principio siga rigiendo hoy tal y como afirmas. Me baso para hacer esta aseveración en que la Ilustración defendía principalmente la libertad individual basada en la razón (como muy bien dices en tu artículo). Pero la libertad que defendía la Ilustración era la libertad de las élites, y su aplicación política práctica fue el liberalismo doctrinario. Libertad económica no es competencia perfecta, significa algo más simple: la movilización de todos los recursos y la propiedad perfecta de los bienes eliminando los bienes amortizados (desarmotizaciones de Mendizabal o de Madoz) o la eliminación de los mayorazgos. Podemos decir que los liberales del XIX no defendieron ni aceptaron los principios de la Competencia Perfecta, más aún tras la depresión de la década de los 70 del siglo XIX el proteccionismo se asentó en toda Europa con la excepción de Inglaterra.
    Y para acabar un comentario sobre la violencia en la Edad Media. La leyenda negra sobre la Edad Media nos dibuja una sociedad que dista mucho de la realidad. Había violencia, por supuesto como en cualquier sociedad humana, pero en la Edad Media surgen las universidades, se mantiene una cultura basada en la iconografía (no hay más que ver las iglesias, monasterios y catedrales castellanas con sus pinturas y capiteles llenos de mensajes que los coetáneos entendían perfectamente), se construyen catedrales. Las grandes guerras de religión las más sangrientas, las que afectan realmente a los ciudadanos se producen más en la Edad Moderna, sobre todo en el maldito siglo XVII.

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    • Me ha parecido interesante tu comentario sobre la Ilustración. La verdad es que mi valoración se mueve entre la crítica al “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” y la evidencia de que muchos de los procesos de cambio social suelen gestarse desde la minoría más formada e inquieta (y en el siglo XVIII, al igual que en el XIX, no se puede hablar de un nivel de educación ni elevado ni homogéneo).

      Por lo demás, resulta curioso (por no decir sospechoso) que algunos de los más entusiastas liberales (palabra que, reconozco, tiene demasiadas acepciones como para manejarla a nivel de brocha gorda) no tienen ningún empacho en la práctica en recurrir al Estado cuando conviene a sus intereses, mientras reniegan de él y/o pretenden minimizarlo en todos sus alegatos. En cualquier caso, me interesa más reflexionar sobre la utilización de la teoría económica clásica en contextos que tienen poco que ver con los condicionantes sobre los que se construyeron dichas teorías.

      Respecto a la Edad Media, seguro que tenemos demasiados tópicos, entre ellos el de la violencia. La verdad es que a lo largo de los 1000 años que duró la época medieval en Europa, cabe hablar tanto de las sucesivas oleadas de invasión y reconquista como del intercambio cultural entre civilizaciones del que hoy somos deudores.

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