El “efecto Donut” tensiona nuestra sostenibilidad.

El “efecto Donut” tensiona nuestra sostenibilidad.
Castrillo de Rucios (Burgos). Foto: Fermín Marquina. Julio 2014

(Artículo publicado previamente en bez.es, el 8 de diciembre de 2016)

Siempre me ha fascinado la teoría de que el universo sea finito y esté en continua expansión. Asumiendo mis limitaciones en el campo de la ciencia, me pregunto cómo será el borde del sistema y qué es lo que se va quedando en el medio.

Parece lógico pensar que la expansión se produce por el desplazamiento de la materia hacia sus extremos, aumentando así su presión sobre el exterior, al tiempo que va disminuyendo la densidad del interior… Pero, este proceso… ¿tiene algún límite?, ¿puede llegar a debilitarse su estructura interna hasta el punto de que desaparezca la cohesión entre sus elementos y se cree dentro un gran vacío?, ¿sería compatible la expansión del universo con un creciente vacío interior?

Me cuesta imaginar al universo como un donut gigante que va creciendo tanto en su exterior como en su interior, así que, llegado a este punto, prefiero dejar la ciencia para los científicos y trasladar la reflexión a otros lares más próximos a nuestro día a día y sobre los que tenemos una mayor capacidad de decisión y, en consecuencia, de responsabilidad. Veremos que los interrogantes que suscitan son bastante similares a los del universo y sus respuestas tampoco son fáciles de contestar.

 

Donut City vs. Edge City

El donut es un icono gráfico de fácil aplicación en estudios de ámbito geográfico. Las ciudades, por ejemplo, buscan un equilibrio entre dos dinámicas racionales a priori por sí mismas pero, al mismo tiempo, difíciles de compaginar: por un lado intentan reforzar su poder de atracción convirtiendo sus downtowns en parques temáticos y, por otro, trasladan hacia sus suburbios (palabra que está perdiendo su tradicional  tinte peyorativo) a la industria, las empresas en general, los centros comerciales  y las urbanizaciones residenciales.

Este fenómeno ha dado pie a dos conceptos urbanísticos y socioeconómicos que se complementan mutuamente: “Donut City” para reflejar el vaciamiento del centro y “Edge City” para subrayar el empoderamiento de los extrarradios, concepto éste acuñado por Joel Garreau en su libro “Edge City: Life in the new frontier”.

Es inevitable que nos preguntemos dónde está el límite o hasta qué punto el vaciamiento del centro de las ciudades no está provocando un empobrecimiento del área que, automáticamente, las convierte en atractivas sólo para las clases más desfavorecidas. En este caso, el donut estaría siendo coyuntural, porque en una segunda etapa los centros de las ciudades pasan a convertirse en guetos depauperados, avejentados y, a la postre, lejanos al concepto de parque temático que en muchos casos se pretende construir.

Resulta curioso que poblaciones que han crecido mediante la construcción de cinturones de pobreza durante el proceso de trasvase del peso económico del campo a la ciudad, estén ahora sufriendo el proceso inverso.

 

La España vacía

El libro “La España vacía”, de Sergio del Molino, publicado por la editorial Turner en su colección Noema, hace un certero retrato del vaciamiento de la España rural hacia las ciudades, principalmente durante la segunda mitad del siglo XX.

Siguiendo nuestro hilo argumental y constatado el agujero del donut en buena parte del territorio español, apreciamos que históricamente los polos de atracción de la población han sido los puntos de intercambio mercantil: empezaron siendo las ferias agrícolas y de ganado y, a lo largo del siglo XX, se fueron trasladando a los grandes cruces de caminos, sean éstos carreteras, autopistas, vías de ferrocarril, puertos  o aeropuertos. Ahora, con la globalización, las ciudades más pujantes han pasado a ser las periféricas, como puntos de anclaje con el resto del mundo.

Los intercambios comerciales siempre han propiciado también el enriquecimiento cultural y el ir y venir de las ideas, reforzando el distanciamiento de estas periferias respecto al interior y, por tanto, el efecto Donut.

 

El caso americano                           

Si nos fijamos en el mapa resultante del reciente proceso electoral norteamericano, comprobamos que EE.UU. se ha convertido en un auténtico donut, con una periferia costera pintada de azul que enmarca un centro casi totalmente rojo.

Podríamos esperar a que el proceso de concentración de riqueza en los extremos del sistema termine por arrastrar a la población hacia las costas del este y el oeste para revisar el peso político de los diferentes Estados de la Unión y hacer coincidir el poder político con el poder económico; pero, antes de esto, convendría considerar si existe alguna decisión de política económica que permita equilibrar la estructura productiva del país y, con ella, la residencial. Para un país que conjuga el liberalismo a conveniencia no sé si esta mirada a largo plazo desde las instituciones  puede ser pedir demasiado.

Elevándonos  de los aspectos territoriales, nos encontramos con efectos donuts en múltiples campos que no debiéramos tampoco pasar por alto: el mundo desarrollado está asistiendo a un progresivo vaciamiento de las clases medias, con la consiguiente polarización de la sociedad, cuyas consecuencias  todavía hoy somos incapaces de adivinar. Ninguno de estos dos procesos de cambio, el geográfico y el de la estructura social, son ajenos a la victoria de Donald Trump en EE.UU. o al avance de los ultranacionalismos y otros movimientos populares en Europa.

Podemos mostrarnos preocupados por las implicaciones de un sistema que genera crecientes interconexiones en su periferia pero abandona a su suerte a los cada vez más marginados del interior, pero lo que es imperdonable es que nos estén sorprendiendo: sólo era cuestión de tiempo. Ahora nos toca remontar contra corriente para evitar, tal vez, otros males mayores.

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