De “Uber-colaboradores” a “Uber-precariodependientes”

De “Uber-colaboradores” a “Uber-precariodependientes”

(Comentario a raíz de las noticias aparecidas sobre “crowdworking” en distintos medios de comunicación: “La primera revuelta en Francia de conductores de Uber” en El Pais de 22/12/2016 y “Sindicatos de todo el mundo lanzan una ofensiva ante el feudalismo digital de los Uber y Amazon” en bez.es de 21/12/2016)

 

Empezamos cualificando a las cosas (Uber) con un adjetivo que no les corresponde (Colaborativas) y al final descubrimos que son los mismos perros —sin pretender faltar, pero el dicho es el dicho— con distinto collar (Economía Digital).

Hay que distinguir la innovación tecnológica e incluso social del simple aprovechamiento de lagunas legales que permiten el uso —y el abuso— por parte del listillo de turno.

En este caso, empiezan por el escaqueo —supuestamente no ilegal— de las reglas fiscales o del Derecho de los Consumidores y acaban escaqueándose también de sus obligaciones para con quienes les ayudan en su negocio (Derecho Laboral).

Decían querer poner en valor unos activos improductivos, pero en realidad se aprovechan de ello para reducir al máximo su riesgo inversor utilizando el dinero de otros. Decían querer rentabilizar nuestro tiempo libre, y ahora pretenden minimizar unos costes laborales que ni siquiera quieren reconocer. Todo para —antes y ahora— aumentar el valor añadido de su negocio y, con ello, el factor multiplicador de su valoración bursátil.

Los reguladores de la competencia contemplan con satisfacción la llegada de iniciativas que permiten introducir competencia en determinados sectores tradicionales, aumentando la oferta y tensionando a la baja sus precios. Sin embargo, no podemos olvidarnos de sus responsabilidades como promotores —y en algunos casos hasta gestores— de las reglas que ahora parecen perdonar a los nuevos agentes mientras se las siguen exigiendo a los de siempre.

Tampoco debieran olvidar los reguladores que la eficiencia que aportan los nuevos modelos de negocio tardan en trasladarse a los clientes finales en términos de precios, porque en el corto plazo éstos vienen asignados por el mercado y es sólo en el largo cuando la dinámica competitiva termina ajustando la oferta y sus costes con la demanda y sus precios. Si a este proceso le añadimos una tendencia monopolista en este tipo de negocios, en los que “the winner takes all”, nos encontraremos con un periodo largo de ajuste en el que el único beneficiario será el nuevo intermediario.

Por supuesto, a la hora de valorar el beneficio social, no podemos olvidarnos del mayor nivel y variedad de oferta que incorporan estas iniciativas, aunque nos resistimos a considerar que esto sea un bien en sí mismo que deba ser considerado siempre como positivo. En realidad, tampoco lo podríamos decir por definición de las reducciones de precios sin reflexionar en ambos casos sobre si estos nuevos modelos de negocio hacen que el sistema, además de eficiente, sea también sostenible.

En definitiva, los activos improductivos son tuyos y el tiempo libre también, pero la función de intermediación cuyo valor económico crece sin parar es toda suya. Conocemos que su siguiente paso será eliminar el coste laboral —que hoy ya les incordia— utilizando el coche autónomo… supongo que con la idea de que sigas siendo tú quien compre dicho coche para ponerlo a su disposición cuando no lo uses. Entonces remunerarán la utilización temporal de tu coche…, pero tú tiempo libre ya no lo necesitarán.

—¿Se acabará aquí la evolución del modelo de negocio?

—Seguro que no.

—¿Puede nuestra sociedad articularse sobre unas premisas tan precarias?

—Seguro que tampoco.

—¿Debiera haber unas reglas comunes para todos agentes que compiten en un determinado mercado?

—Parece que sí.

—¿Pueden ayudar las nuevas tecnologías a conseguir un mundo más eficiente y sostenible?

—Seguro que también.

—Pues solo necesitamos inteligencia para construirlo.

 

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