¿Cuándo una infraestructura pasa de ser estratégica a ser segregable?

¿Cuándo una infraestructura pasa de ser estratégica a ser segregable?
Un paisaje imprescindible: Entorno de Yeguamea, en Fuenteodra. Geoparque Las Loras.

 

Por si había alguna duda, la pandemia ha ayudado a posicionar a las redes de telecomunicaciones en general y a las de fibra óptica en particular entre los activos más estratégicos de cualquier país, pero… ¿siguen siendo también estratégicas para los operadores? Y… ¿hay alguien más que tenga que opinar sobre este tema?

 

La pandemia ha puesto en evidencia que existen actividades y recursos críticos y esenciales que son imprescindibles y deben seguir funcionando aún en las situaciones más límite en las que podamos encontrarnos como sociedad. Curiosamente y con demasiada frecuencia, la valoración económica de estos activos no siempre está en concordancia con su valor estratégico. De pronto, nos sorprendimos con que esos recursos humanos relacionados con la «economía de los cuidados» —que acostumbramos a maltratar y mal pagar— se convertían en los héroes de nuestra vida; que algo tan prosaico como el papel higiénico se elevaba a la categoría de objeto de deseo; y que unas simples mascarillas eran inalcanzables para nuestro orgulloso mundo occidental.

Como ha quedado demostrado durante estos dos últimos años, por si hiciera falta confirmarlo, los servicios de telecomunicaciones también son uno de esos activos críticos, esenciales, imprescindibles, estratégicos y, por supuesto, infravalorados.

En España y en Europa hemos echado de menos muchos de estos recursos durante los peores meses de la pandemia, lamentando su carencia, la dificultad para obtenerlos o la incapacidad para reaccionar y producirlos nosotros mismos. Afortunadamente, éste no ha sido el caso de las infraestructuras y los servicios de telecomunicaciones, y mucho menos en España.

 

Dinámica virtuosa de las infraestructuras de telecomunicaciones en España.

Conviene recordar que el amplio despliegue de las telecomunicaciones en España ha sido producto de la iniciativa privada, tanto en la infraestructura de los servicios móviles (ahora en pleno desarrollo del 5G, en línea con el resto de Europa) como en la de los servicios fijos, liderando el despliegue de fibra óptica a nivel europeo.

Esta dinámica competitiva e inversora se inició en toda Europa con las telecomunicaciones móviles y en España se ha repetido con las fijas, a diferencia de lo que ha sucedido en casi todo el resto del continente. De hecho, sigue siendo sorprendente el escaso nivel de despliegue de fibra óptica que todavía hoy tienen algunos de los países líderes del mundo desarrollado, como el Reino Unido o Alemania con apenas el 20% de cobertura a finales de 2020, mientras España superaba el 80%.

Parece razonable que se aprovechen los fondos europeos, que empiezan a llegar para superar la crisis económica provocada por la pandemia, para ayudar a los operadores a reforzar sus despliegues de fibra, pero mientras en buena parte de Europa servirán para incrementar sus escasos niveles de penetración, en España debieran volcarse en alcanzar el 100% de la penetración para no más tarde de 2025, propiciando la cobertura de fibra óptica en las zonas del país más problemáticas desde el punto de vista de su rentabilidad económica.

Así pues, las infraestructuras de telecomunicaciones en España, y en particular las de fibra óptica, han gozado hasta hoy de una situación virtuosa, en la que tanto para el país como para los operadores han tenido un carácter estratégico.

Una vez desplegada la red de fibra a nivel nacional, no parece que su carácter estratégico pueda ser cuestionado desde el punto de vista del interés nacional, más bien todo lo contrario, pero ¿y para los operadores? ¿Cuáles son las claves para que una infraestructura pueda perder su carácter estratégico y pasar a ser un activo segregable y, en definitiva, desinvertible?

 

Infraestructuras NGN vs. Infraestructuras de los servicios móviles.

El fenómeno de la externalización de las infraestructuras de telecomunicaciones no es nuevo, ya ha pasado con la red de servicios móviles, especialmente en sus infraestructuras pasivas, como es el caso de las torres soporte de las estaciones base. Empezaron siendo estratégicas a mediados de los años 90 del pasado siglo, cuando el factor cobertura era un elemento de diferenciación competitiva entre operadores, y siguieron siéndolo durante el despliegue de las sucesivas generaciones tecnológicas. Ahora, después de más de 25 años de competencia entre redes, cuando la cobertura ha dejado de ser un diferencial entre competidores, ha llegado el momento para los operadores de desinvertir y segregar estos activos de su red.

Hay un elemento clave que relativiza las implicaciones estratégicas de esta desinversión y es que, en cualquier caso, los operadores de red móvil mantienen el control “end to end” de la red, reservándose la inteligencia de su gestión y manteniendo su capacidad para desarrollar los servicios. Por otro lado, esta desinversión les ha permitido reducir su deuda y/o realizar otras inversiones que ahora han considerado más estratégicas. No solo eso, la desinversión también ha abierto la puerta a la compartición de esas infraestructuras entre varios operadores, lo que ha introducido en el mercado un plus de ahorro, optimización y eficiencia que ha supuesto una gran oportunidad de negocio para los operadores de infraestructuras y, en consecuencia, una valoración muy atractiva para estos activos.

Ésta es la experiencia de las infraestructuras de las redes de los servicios móviles, pero ¿es válida también para la infraestructura de fibra óptica?

  

La regulación, omnipresente en las telecomunicaciones.

En primer lugar, no podemos olvidar que las telecomunicaciones móviles nacieron libres de regulación ya en 1995 y hasta después de algo más de diez años de competencia no se impuso la obligación regulatoria de compartir las redes con los operadores móviles virtuales (OMVs), lo que propició el desarrollo de una competencia entre operadores iguales, todos ellos con infraestructuras propias.

Sin embargo, la fibra ha nacido regulada, y no sólo por la apertura de un recurso escaso y difícilmente replicable como son los conductos y por la obligación de compartir el tramo de fibra más próximo al cliente, que en construcciones en altura como las que abundan en España viene a coincidir con “la vertical” del edificio: ambos son los tramos más costosos de la red, tanto desde el punto de vista económico como por su dificultad operativa. Si la regulación de hubiese quedado aquí, podría haber servido de base para conseguir una competencia entre operadores con infraestructura de fibra, pero desde el principio se obligó además al líder potencial del mercado a ofrecer servicios mayoristas para los operadores no inversores, lo que condicionó definitivamente el mercado de las redes de acceso de nueva generación (NGNs) o banda ancha ultrarrápida.

Se puede decir que en la fibra óptica la regulación ha quemado etapas muy rápidamente, lo que podría haber puesto en riesgo su ritmo de despliegue si no hubiese sido por la firme apuesta inversora del aspirante a convertirse en el líder del mercado en España.

No obstante, llegado a este punto, con más de un 80% de cobertura de las NGNs y descontando la ayuda de los fondos europeos para completarla en unos pocos años a nivel nacional, surge el interrogante de si su desinversión podría seguir los pasos de las redes móviles. Hagamos un repaso de sus claves para comprobar si efectivamente su desagregación puede ser o no atractiva.

 

Paralelismos y diferencias entre redes.

Buscando paralelismos entre ambas redes, podemos concluir que el activo equivalente a las torres soporte del móvil son los conductos por los que transita la fibra, y estos ya están siendo compartidos por imposición regulatoria, por lo que no se aprecia ningún margen de mejora, ahorro o eficiencia en el supuesto de que el propietario de los mismos procediese a su desagregación.

De la misma manera, desde el punto de vista del despliegue de la red, podría haber aún margen de ahorro en la externalización de la red para los despliegues greenfield (que a estas alturas representa menos del 20% del mercado español), pero son menos evidentes para los despliegues ya realizados. Mientras liberar y compartir torres supone un ahorro indudable para los operadores móviles, los conductos de las infraestructuras fijas no se pueden desmontar y la fibra, aún en el supuesto de que se quisiese desmontar y rescatar, tendría un alto coste y sería difícilmente reutilizable.

Ya ha quedado apuntado anteriormente que, aunque parte de la red o la totalidad de la misma esté desagregada o externalizada, el operador necesita integrarla en su estructura productiva para ofrecer sus servicios, lo que abre la puerta a la definición de diferentes niveles de servicios mayoristas en función de la mayor o menor capacidad de gestión y control “end to end” de la oferta y del nivel de independencia al que aspire el operador de servicios.

Aquí, nos encontramos con una particularidad que diferencia las NGNs de las tradicionales redes de cobre: mientras las redes de cobre cuentan con un par de hilos de dedicación exclusiva para el cliente final desde la central telefónica, las redes de fibra con carácter general (y en particular las desplegadas en España) utilizan la tecnología GPON, que permite que una única fibra saliente desde un elemento activo ubicado en la central cabecera se pueda desdoblar (mediante divisores ópticos o “splitters” pasivos) para atender hasta 64 clientes. Este detalle hace que mientras las redes de cobre se pueden desagregar y permiten la oferta de servicios mayoristas tanto directos como indirectos, las redes GPON de fibra únicamente permiten servicios mayoristas indirectos (tipo VULA, o NEBA en España), incluso aunque su acceso sea local.

Las opciones de servicios mayoristas son relevantes a efectos de una hipotética desagregación puesto que determinan el modelo de relación con los operadores con la red, lo cual en principio es válido tanto para el operador que plantee desprenderse de estas infraestructuras como para todos los demás. El hecho de que los operadores no inversores en fibra necesiten soportar su estructura productiva sobre servicios mayoristas indirectos les obliga a depender de los desarrollos y decisiones inversoras del futuro propietario de la red, perdiendo importantes grados de libertad para el desarrollo de servicios y condicionando los futuros procesos de innovación y la propia competencia entre servicios.

 

El modelo Openreach, en Reino Unido.

Es paradigmático el caso de Openreach, la operadora de red creada en su día por BT en el Reino Unido para ser su NetCo particular, sin dejar de controlarla. Justamente por esta inevitable dependencia de los operadores de servicios respecto al operador de red NGN, es por lo que BT se viene oponiendo a lo que supondría una “separación estructural” que implicaría que la red quedase segregada y en otras manos. Frente a esto, ha optado -con el visto bueno de OFCOM, el regulador inglés- por hacer lo que eufemísticamente se viene llamando una “separación funcional”, dando una apariencia de imparcialidad al estilo de las “murallas chinas” que establecen las consultoras cuando asesoran a distintas empresas que compiten en un mismo mercado.

En el Reino Unido, lejos de fomentar la competencia entre infraestructuras, con la creación de Openreach se consolidó el monopolio de las mismas: la estrategia del país se condicionó a la estrategia del operador principal… y los resultados sólo se pueden calificar como decepcionantes, manteniendo al Reino Unido a la cola de los países desarrollados en el despliegue de redes NGN.

Aunque el operador líder del mercado y propietario de buena parte de las infraestructuras en España pudiera llegar a plantearse una operación de este calibre… ¿dónde estaría el atractivo económico de esa hipotética separación funcional de sus activos de fibra? Es evidente que los objetivos perseguidos por BT en su día respondían a razones que no tenían nada que ver ni con la eficiencia, ni con la optimización de la red, ni con la obtención de fondos, …que hubiesen requerido al menos de esa separación estructural a la que BT se opone con ahínco.

Desde luego, no ha sido éste el modelo seguido por España hasta ahora, y no se aprecian las ventajas de utilizarle de referencia para el futuro, ni desde el punto de vista de la estrategia del país, ni desde la estrategia de su operador principal.

 

Pero, estratégica… ¿para quién?

Empezábamos este artículo preguntándonos cuándo una infraestructura deja de ser estratégica y a estas alturas, y a la luz de recientes acontecimientos, tenemos la sensación de que la pregunta resulta incompleta. Ya hemos visto que difícilmente la infraestructura de fibra óptica de las redes NGN puede dejar de ser estratégica para un país o para un operador aspirante a ser el líder del mercado, pero, como en el chiste… ¿hay alguien más ahí?

La cuestión no es, o no es sólo, si una infraestructura es o no estratégica, sino que la clave es preguntarse: estratégica… ¿para quién?

Al mejor estilo del teatro de Eurípides, en estos momentos de debilidad e infravaloración para los operadores de telecomunicaciones, los fondos de capital riesgo irrumpen en escena cual Deus Ex Machina para supuestamente resolver algunas de las situaciones más enrevesadas.

Este giro argumental, que distorsiona la racionalidad del discurso de país o de gestor tradicional del negocio de telecomunicaciones que veníamos desplegando hasta ahora, viene a colación de las recientes noticias que han aparecido sobre TIM en Italia. Parece que el fondo americano KKR ha puesto sus ojos sobre el endeudado operador de telecomunicaciones italiano, TIM, y aspira a controlarlo para, entre otras cosas, segregar y poner en valor su red NGN.

Tal como recoge la prensa estos días, “una red mayorista en monopolio, con su indudable carácter estratégico para el país en cuestión, podría valorarse hasta 30 veces EBITDA frente a las 5-10 veces de una operadora de telecomunicaciones tradicional” (Ignacio del Castillo en Expansión, lunes 22 de noviembre de 2021).

Podríamos, más bien debiéramos, preguntarnos por qué esto es así, pero éste ya es otro tema que requeriría un escrito “ad hoc” que dejamos para otro momento.

Así pues, hay que reconocer que la lógica política y la del negocio no siempre se alinean con la financiera, por lo que conviene tener claro quién toma las decisiones en cada momento: ¿el Estado, el operador, el fondo de capital riesgo de turno…,?

De lo que no cabe duda es que, si necesitamos expertos en trocear, limpiar, ordenar y liquidar o vender por partes cualquier tipo de empresa, los mejores los encontraremos en el intrépido mundo del capital riesgo, auténticos campeones de este universo volátil (la V de VUCA*) y líquido (como nos enseñó Zygmunt Bauman), donde todo es financiarizable (a pesar de Lehman Brothers); razón por la que el mercado financiero es el macho dominante de nuestro ecosistema empresarial desde hace muchas décadas.

Se han estudiado mucho los conglomerados de empresas del tipo General Electric, Johnson and Johnson, Nestlé, …pero hoy los auténticos conglomerados son los fondos de capital riesgo.

Cuando los negocios son intercambiables, cuando las telecomunicaciones pasan a integrar una bolsa en la que compiten para su financiación con el negocio de los detergentes, los dentífricos o las galletas…, la toma de decisiones puede ser totalmente imprevisible. En este contexto, el futuro está por escribir… y siempre ha tenido una enorme capacidad para sorprendernos.

 

(*) VUCA es un acrónimo que describe una realidad Volátil, incierta (Uncertain en inglés), Compleja y Ambigua.

 

Nota: Una síntesis de este artículo ha sido publicada previamente en la Newsletter 2021 de Operandi.

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